Reflexiones sobre Juego por Débora Blanca

Viernes de diciembre, 2045hs. Bajo en la estación de subte Congreso y comienzo a caminar las 6 cuadras que me separan de mi destino. Con la curiosidad propia de la despreocupación, voy mirando la calle, la gente, los comercios. Me sorprende uno, lleno de personas: una farmacia, de esas que venden medicamentos, gomitas para el cabello, golosinas. Sigo caminando y nuevamente me sorprendo, siempre por lo mismo: la cantidad de personas que diferenciaba claramente ese lugar de todos los otros. Era una iglesia evangélica. Me quedaban 2 cuadras para llegar a destino pero antes convocó mi curiosidad un tercer lugar con gente que entraba y salía: un Bingo.

Pensé: los dolores humanos y sus intentos de cura. El dolor del cuerpo, el dolor del espíritu, el dolor psíquico.

Dolores ancestrales, respuestas culturales, epocales. Promesas de solución, de salvación. ¿Cómo no sucumbir frente al “Pare de sufrir”?.

Hablar de la ludopatía implica tener muy claro que hay allí un sufrimiento replicado: el jugador apuesta hasta perderlo todo convocado por algo que psíquicamente lo hace sufrir en exceso.  Una pérdida importante, un dolor imposible de elaborar, un sentimiento de vacío, de sin sentido, de aburrimiento. Y luego, el sufrimiento replicado en las consecuencias del juego: las pérdidas, económicas, la culpa, las mentiras, los reproches, el sentimiento de ser indigno. 

El “Pare de sufrir” que encuentra en el juego lo entrampa mortíferamente.

Así lo dicen algunos pacientes ludópatas cuando, luego de atravesar la puerta del Bingo, llegan al consultorio:

“La realidad me duele, me angustia… me fui a jugar”.

“Mi problema es la falta de motivación, yo me siento como muerto en vida”.

“La primera vez que fui a las máquinas gané y esa fue la maldición gitana. Mis hijos no lo entienden, me quieren colgar. Dejé de hacer cosas que me gustaban, estoy muy sola, como si yo no existiera”.
Veamos ahora algo de lo crudo, de lo descarnado de la ludopatía, relatado por aquellos que vivencian directamente esas escenas: los empleados de las Salas de Juego.

“Un día entró una señora, empezó a recorrer la Sala hasta que se paró al lado de un señor, su esposo. Me dio mucha tristeza porque ella lloraba mientras lo miraba y le decía “Qué vamos a comer ahora?”.
“Ayer una señora vino con el bebé en el cochecito, se lo dejó al Seguridad diciéndole que entraba un minuto al baño. Tuvieron que ir a buscarla porque se fue a jugar”.

“Una señora recién operada de las várices volvió y mientras jugaba se le abrió la herida. Empezó a sangrar y manchó varios metros de la alfombra y ella no se daba cuenta. Los demás sí; le decían que dejara la máquina y no quería. La tuvieron que obligar porque casi se desangra!”.

“La vereda parece una guardería de la cantidad de chicos que esperan a sus mamás, los hermanos mayores que cuidan a los chiquitos. Llaman a las mamás por los alto parlantes”.
Estos relatos que podrían ser disparadores de escenas ficcionales, un cuento, una película, son cotidianos en nuestras instituciones de salud, en las Salas de Juegos.  

Si etimológicamente “jugar” viene del latín “iocari” que significa “hacer algo con alegría”, y recordamos los relatos previos, ¿dónde queda esta acepción en la vida del ludópata, de su familiar? Si el juego en su sentido lúdico es libre, contribuye a conocer la realidad, desarrolla la autoestima, favorece el proceso socializador, estimula el pensamiento reflexivo, es posible pensar al ludópata como un jugador en el sentido de alguien que juega?. 

Las Salas de Juego, los Casinos, esos templos prometedores de sueños a cumplir, de diversión “a pleno” sobre sus escenarios de luces, sonidos, máquinas, espejos, tragos… Escenarios en los que paulatinamente van irrumpiendo esos islotes sufrientes: los ludópatas que no quieren irse, que se resisten a volver a sus casas, que se duermen sobre la mesa, que gritan, que golpean las máquinas, que lloran en el baño y le dicen a la señora de limpieza que en ese momento entra: “No puedo más, perdí todo, qué hago?”.

Se trata de que el “Pare de sufrir” que el ludópata encuentra en el juego que lo anestesia pueda transformarse en preguntas acerca de aquello que lo hace sufrir, y en respuestas singulares que lo despierten del letargo solitario al que lo invita la máquina.

Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que con cada propuesta desregulada y cínica que promueva el juego, se está yendo en contra o al menos arriesgando la posibilidad genuina de jugar. 

No se trata de tener  una mirada ingenua, de creer que es posible hacer inexistente el sufrimiento humano, el malestar en la cultura. Se trata, en todo caso, de una mirada ética y responsable, para la que cada actor del cuerpo social desde el Estado con todos sus representantes, los empresarios del Juego, los publicitarios, las obras sociales, las entidades que dán préstamos, los familiares, los propios jugadores, todos, cada uno desde nuestro lugar y función nos responsabilicemos.

web Débora Blanca 

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